Plaza del Palacio s/n

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El Castillo de la Ciudad

Los condicionantes orográficos que han sido determinantes en la localización y defensa de Albarracín, alcanzan su máxima expresión en el Castillo de la Ciudad. Se levanta sobre un peñasco escarpado, por encima del meandro encajado en el que se sitúa la ciudad. Esta sobreelevación topografía de la fortaleza, rodeada además por el profundo foso del río Guadalaviar como la ciudad, garantiza la inexpugnabilidad del recinto.

Su acceso quedaba protegido por tres puertas según un documento de 1581 que guarda el archivo de la Catedral, de las que solo se conserva con claridad la puerta actual, insertada en el mismo recinto amurallado. Siguiendo el borde del relieve sobre el que se asienta, se levanta el impresionante cerco amurallado del castillo, con once torres de planta circular dominante, que en su lado oriental se encuentran abiertas hacia el interior. El único torreón cuadrado se localiza hacia al sur, en el tramo mural de edad cristiana y aspecto diferente al amurallamiento musulmán anterior, que utilizaba como aglomerante el yeso rojo. Este recinto cierra una superficie aterrazada de unos 3.400 m², que se presenta como un campo arqueológicos de gran interés, parcialmente excavado.El nivel superior ha sido excavado en su totalidad.

En él se ha localizado la residencia principal del castillo, que cuenta con un gran patio abierto, con acera perimetral y encachado en piedra de rodeno, con diferentes habitaciones en su entorno, y al que se accede desde un zaguán también empedrado. Bajo este patio se localiza un gran aljibe de dos naves, separadas por un doble arco tapiado, en el que se localizaron diferentes restos cerámicos, como una buena colección de alcuzas del siglo XVI. Hacia la izquierda del patio, se encuentra la que pudiera ser por su tamaño, la habitación principal de la residencia, en la que se conserva un pavimento de yeso. Sin embargo, la estructura arqueológica más importante hallada al norte del mismo patio, se corresponde con un hipocausto, parte de un baño musulmán (Hamman), con seis pilarcillos, restos del solado superior en rodeno, así como las posibles salidas de humo y una boca de alimentación al este.

Otro de los sectores de especial interés arqueológico está en la parte baja del castillo, donde se ha localizado un importante barrio palatino, con al menos dos grades casas-palacio, similares en morfología a la mencionada residencia principal. En el patio de la más meridional de estas residencias, aparecieron los restos de lo que pudo ser el pórtico de entrada a una de las alanías laterales; también se halló un formidable capitel de alabastro del siglo XI. Los restos de la construcción contigua permiten interpretar la localización de una letrina, y bajo el suelo de una de sus alanías, los huecos alineados sobre una bancada de yeso, para el acomodo de posibles recipientes de almacenamiento.

Esta última casa conserva muy completo, su patio empedrado con losas de rodeno y un posible acceso por uno de los ángulos de la edificación. Bajo sus restos se localizó un potente basurero con importantísimos fragmentos de cerámica andalusí de los siglos X y XI sobre todo. Estos restos se hallan expuestos en el Museo de Albarracín. El castillo ha tenido un periodo muy largo de ocupación. Debió ser el núcleo primitivo de la ciudad, que en época islámica funcionó como alcazaba que albergaba en su interior al estamento dominante del clan bereber de los Banu Razín, con un elevado nivel económico y cultural. Con el paso de la ciudad a manos cristianas, en el último tercio del siglo XII, toma el carácter de fortaleza feudal, en la que sólo se mantuvo la vivienda principal y un gran patio de armas. En el siglo XVI, Felipe II mando ocuparlo con sus tropas, para someter las revueltas de la ciudad y su comunidad, sublevadas en defensa de sus fueros seculares. Por su localización elevada sobre el caserío y casi en el centro del meandro del Guadalaviar, este castillo constituye el mejor mirador de la ciudad. Es uno de los mejores emplazamientos para la observación del excepcional paisaje cultural de Albarracín, referenciado en el apartado inicial. Los condicionantes orográficos que han sido determinantes en la localización y defensa de Albarracín, alcanzan su máxima expresión en el Castillo de la Ciudad. Se levanta sobre un peñasco escarpado, por encima del meandro encajado en el que se sitúa la ciudad. Esta sobreelevación topografía de la fortaleza, rodeada además por el profundo foso del río Guadalaviar como la ciudad, garantiza la inexpugnabilidad del recinto. Su acceso quedaba protegido por tres puertas según un documento de 1581 que guarda el archivo de la Catedral, de las que solo se conserva con claridad la puerta actual, insertada en el mismo recinto amurallado. Siguiendo el borde del relieve sobre el que se asienta, se levanta el impresionante cerco amurallado del castillo, con once torres de planta circular dominante, que en su lado oriental se encuentran abiertas hacia el interior. El único torreón cuadrado se localiza hacia al sur, en el tramo mural de edad cristiana y aspecto diferente al amurallamiento musulmán anterior, que utilizaba como aglomerante el yeso rojo. Este recinto cierra una superficie aterrazada de unos 3.400 m², que se presenta como un campo arqueológicos de gran interés, parcialmente excavado. El nivel superior ha sido excavado en su totalidad. En él se ha localizado la residencia principal del castillo, que cuenta con un gran patio abierto, con acera perimetral y encachado en piedra de rodeno, con diferentes habitaciones en su entorno, y al que se accede desde un zaguán también empedrado. Bajo este patio se localiza un gran aljibe de dos naves, separadas por un doble arco tapiado, en el que se localizaron diferentes restos cerámicos, como una buena colección de alcuzas del siglo XVI. Hacia la izquierda del patio, se encuentra la que pudiera ser por su tamaño, la habitación principal de la residencia, en la que se conserva un pavimento de yeso. Sin embargo, la estructura arqueológica más importante hallada al norte del mismo patio, se corresponde con un hipocausto, parte de un baño musulmán (Hamman), con seis pilarcillos, restos del solado superior en rodeno, así como las posibles salidas de humo y una boca de alimentación al este. Otro de los sectores de especial interés arqueológico está en la parte baja del castillo, donde se ha localizado un importante barrio palatino, con al menos dos grades casas-palacio, similares en morfología a la mencionada residencia principal. En el patio de la más meridional de estas residencias, aparecieron los restos de lo que pudo ser el pórtico de entrada a una de las alanías laterales; también se halló un formidable capitel de alabastro del siglo XI. Los restos de la construcción contigua permiten interpretar la localización de una letrina, y bajo el suelo de una de sus alanías, los huecos alineados sobre una bancada de yeso, para el acomodo de posibles recipientes de almacenamiento. Esta última casa conserva muy completo, su patio empedrado con losas de rodeno y un posible acceso por uno de los ángulos de la edificación. Bajo sus restos se localizó un potente basurero con importantísimos fragmentos de cerámica andalusí de los siglos X y XI sobre todo. Estos restos se hallan expuestos en el Museo de Albarracín.

El castillo ha tenido un periodo muy largo de ocupación. Debió ser el núcleo primitivo de la ciudad, que en época islámica funcionó como alcazaba que albergaba en su interior al estamento dominante del clan bereber de los Banu Razín, con un elevado nivel económico y cultural. Con el paso de la ciudad a manos cristianas, en el último tercio del siglo XII, toma el carácter de fortaleza feudal, en la que sólo se mantuvo la vivienda principal y un gran patio de armas. En el siglo XVI, Felipe II mando ocuparlo con sus tropas, para someter las revueltas de la ciudad y su comunidad, sublevadas en defensa de sus fueros seculares.
Por su localización elevada sobre el caserío y casi en el centro del meandro del Guadalaviar, este castillo constituye el mejor mirador de la ciudad. Es uno de los mejores emplazamientos para la observación del excepcional paisaje cultural de Albarracín, referenciado en el apartado inicial.