El milagro de la convivencia

Teruel es una tierra de paraísos. Y Albarracín, sin duda, uno de ellos: por su entorno, por su orografía, por su historia, por la energía indomable de una naturaleza soñada por un mago. Hace algo más de una década, la Fundación Santa María incrementó las posibilidades de este paisaje de asombrosa textura geológica. Trajo la cultura y sus variaciones a una ciudad con leyenda. Una leyenda que perfila el imponente peso del ayer cuando fue taifa o tierra de frontera, refugio de amores trágicos y campo abrupto del señorío de los Azagra; una leyenda contemporánea vinculada a las apariciones del fantasma de Doña Blanca, a la madera, a la curva de ballesta del río Guadalaviar y, sobre todo, a una concepción del futuro a través de políticas de restauración y de un nuevo concepto de turismo en su sentido más amplio. Albarracín, para quien llega, es como un gran cuadro montado piedra a piedra, tejado a tejado, con ese barniz rojizo de yesos inmortales.

La Fundación, dirigida con mano maestra y con una cabeza a prueba de vendavales por Antonio Jiménez, me ofreció la posibilidad de organizar en mayo unos Encuentros Literarios, en los que siempre ha colaborado Endesa. Dicho y hecho; dicho por Antonio y su formidable equipo (Stephanie, Nacho, Celia, Rosa, Mª Asun, Carmen, Pili…) y empezamos a pensar cosas. Una de las obsesiones iniciales fue que esas jornadas de cuatro días, de jueves a domingo, tuvieran una proyección inmediata en los escolares de la zona. A eso no hemos renunciado nunca: literatura sí, pero para los niños primero; imaginación sí, pero los niños también. Los niños debían oír cuentos, aprender a escribirlos, aprender a soñar y nosotros, que llegábamos allí como intrusos o como turistas en el paraíso, queríamos oírlos a ellos, queríamos asomarnos al fascinante balcón de su curiosidad, queremos soñar mil primaveras de felicidad más junto a ellos.

Hemos organizado seis cursos –narrativa aragonesa, literatura infantil y juvenil, viajeros y fotógrafos, la guerra civil, el exilio, y biografía, memorias y diarios íntimos-, han pasado por Albarracín alrededor de 150 escritores de toda España, y siempre he constatado algo fundamental: cada invitado se sentía como en casa, en puerto seguro, querido, respetado, tratado con exquisitez. Y eso tiene una razón de ser: el equipo de la Fundación que posee la capacidad de acoger a los que llegan, de hacerles sentir en la piel la hospitalidad más sincera. Los Encuentros Literarios no han sido el mayor éxito de público de la Fundación Santa María de Albarracín, pero siempre ha habido un clima especial, camaradería, complicidad, un milagro de convivencia. Y eso ha sido posible, no me ruboriza decirlo ya que aquí no soy lisonjero, porque la Fundación ha querido ser morada de creación, de diálogo, de intercambio, de conocimiento. Sé que me he alargado en exceso, pero creo que nadie podrá olvidarse del día en que Ana María Matute recibió a los niños que acababan de celebrar la Primera Comunión y les regaló, dedicados, sus “Cuentos completos”.

Antón Castro

 

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