El modelo Albarracín

La conservación integral, e integrada en la vida contemporánea, de la ciudad de Albarracín – un conjunto histórico poco poblado, pero muy rico en valores arquitectónicos y paisajísticos, auténtico ejemplo de lo que hoy se entiende por paisaje cultural – es, sin duda, una de las mejores aportaciones españolas a la teoría y a la práctica de la restauración del Patrimonio cultural de nuestro tiempo. Hasta el punto de que, con toda propiedad, puede hablarse de la existencia de un “modelo Albarracín” a la hora de enfocar y resolver los problemas que plantea el mantenimiento y la revitalización de los núcleos históricos de tamaño mediano o pequeño en zonas de escasa población y actividad económica.

En la creación de este modelo han influido diversos factores: la permanencia de una población articulada en torno al conjunto catedralicio, sin alteraciones contemporáneas de importancia; la acusada conciencia de la importancia histórica de la ciudad pese a su decadencia en los dos últimos siglos, la conexión entre su supervivencia económica y el mantenimiento de los montes y bosques circundantes; y, por último, la sensibilidad, el conocimiento y la competencia profesional de un grupo de personas, apoyado por las instituciones públicas y la Iglesia, que ha conseguido extraer del propio patrimonio cultural heredado, para garantizar precisamente su mantenimiento esencial, un método de actuación y una forma de vida adaptados a las circunstancias del momento.

La constitución y desarrollo en la última década de la Fundación Santa María de Albarracín, a partir de la escuela-taller que se ocupó de la restauración y acondicionamiento para nuevos usos culturales (museo, reuniones y conferencias) del palacio episcopal, ha sido pieza clave en la formalización de este modelo de gestión. Bajo la dirección de Antonio Jiménez, y con el apoyo y asesoramiento, entre otros, del arquitecto Antonio Almagro, heredero del amor por la ciudad de su padre, el gran arqueólogo don Martín Almagro, la Fundación ha implantado un sistema de mantenimiento de los principales inmuebles históricos de Albarracín (el palacio episcopal, la iglesia de Santa María, la Torre Blanca) y del conjunto de la ciudad que se aparta de su uso turístico como principal – o en muchos casos único – objetivo, sustituyéndolo por la oferta y la producción de servicios culturales (cursos especializados, jornadas y reuniones profesionales, actividades de restauración de bienes muebles, manifestaciones culturales) a los cuales se asocia a menudo a los visitantes de Albarracín. Más de un 10% de éstos han participado directamente en el último año en las actividades promovidas por la Fundación.

Es evidente que el valor añadido de este modelo no es sólo económico, sino social y cultural, en la medida en que se adapta de manera perfecta a los valores históricos de la ciudad. El programa de actividades de la Fundación Santa María de Albarracín para el año 2007, que ahora se publica, lo demuestra una vez más.

El “modelo Albarracín”, por tanto, se contrapone a los abusos del uso turístico del patrimonio cultural, desafortunadamente tan extendidos. Podría ser transplantado en España a muchos otros lugares de parecido tamaño y riqueza cultural y paisajística. Si ello no ocurre es sólo por falta de dedicación y voluntad, no de imaginación, pues el modelo existe y funciona, y bastaría imitarlo.

Es de esperar, pues, que el ejemplo fructifique, y que las autoridades y los agentes sociales en los pequeños y medianos conjuntos históricos del interior de nuestro país se convenzan de su viabilidad. Si queremos impedir la desaparición o desvirtuación de nuestro patrimonio cultural y natural, hay que sustituir la sobreexplotación turística y el crecimiento basado en la expansión urbana por actividades que, sin prescindir del turismo dentro de límites razonables, aporten otros productos y servicios demandados por la sociedad más acordes con el mantenimiento de su valor histórico y paisajístico, en el marco de una inteligente ordenación del territorio y de sus recursos. Así, el “modelo Albarracín” debería pasar a ser el “modelo de la España interior”.

 

Alfredo Pérez de Armiñan

Presidente de “Hispania Nostra”

 

Categoria:
Etiquetas: