Se restaura el retablo mayor de la Capilla del Pilar, de la Catedral de Albarracín.

 

De los numerosos bines muebles que tiene la Capilla del Pilar, en la catedral de Albarracín,  el retablo mayor es el más significativo. Se trata de un gran retablo barroco, de advocación a la Virgen del Pilar, como no podía ser de otra manera, que se acomoda a la cabecera de la capilla, con un amplio frontal, que se pliega, a un lado y otro, en sendas calles laterales. El frontis superior también se amplia cubriendo el muro en el que se cobija el bien, al pie de la gran cúpula que preside en altura el crucero de la capilla.

Formando parte de la escenografía barroca de la capilla, todo parece dirigirse hacia el ámbito frontal en el que se encuentra el retablo, como pieza más representativa, que cuenta además con una riquísima iconografía, relativa a la vida de la Virgen,  recogida en diferentes relieves y esculturas. Si bien en el banco se representan las escenas de la dormición de la Virgen y de la muerte de San José, cubriendo dos de los tres relicarios  que complementan al sagrario;   en el cuerpo central, en torno a la hornacina de la Virgen del Pilar, se localizan  sus padres (San Joaquín y Santa Ana) y, ocupando las calles laterales, San Abdón y San Senén, casi de tamaño natural; En el tramo superior destaca la Coronación de la Virgen entre cuatro padres de la iglesia y los cuatro evangelistas. Todo ello en un retablo de recargada decoración, entre motivos vegetales, querubines y abundante rocalla.

Destaca, sobre todo, la imagen de la Virgen en una hornacina acristalada que permite visualizar, también en su parte trasera, la rica decoración policromada de la talla, incluso con incrustaciones de piedras en su especial manto de cubrimiento. Parece tratarse de la imagen reaprovechada del retablo preexistente al actual, que debió tener esta capilla en el siglo XVII, cuando fue construida por el Obispo Salas Malo. En cualquier caso, toda la redecoración, incluido este retablo,  fue promovida por el obispo Juan Francisco Navarro Salvador y Gilaberte, en  el siglo XVIII, creando una característica escenografía barroca, que ha llegado hasta nosotros en un estado de conservación bastante deficiente.

Como es lógico, y sintetizando el trabajo, se empezó limpiando en profundidad el bien, fijando  las policromías y el dominante oro de recubrimiento, antes de pasar a la reintegración de los faltantes en color y forma. El acabado final, reponiendo incluso los espejos de la hornacina de la Virgen, disimulados con láminas de papel de plata, permitirá la recuperación de su rotundo esplendor original, propio de su intencionalidad barroca. Desde luego no deja impasible  a nadie: su dominante resplandor dorado y su  densa carga decorativa llaman poderosísimamente la atención.